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Las casas, cuando se quedan solas, caen presa de la tristeza y se van derrumbando poco a poco. Petrus se encontraba de pie frente a aquella mansión ruinosa, otrora había sido un palacio importante en la ciudad de Constantinopla, ahora sólo era una burla al antiguo esplendor…
Petrus estaba dentro de aquella casa, caminaba con cuidado tratando de evitar que aquella densa capa de polvo se levantase y le hiciese estornudar.
El joven estaba sumamente sobresaltado, sentía que algo o alguien lo observaba, sentía algo o alguien caminaba detrás de él, cada vez que se giraba para confirmar su duda se percataba de que no había nadie detrás de él. Cada vez se sentía mas aterrorizado, pero no se rendía. Debía recorrer aquella mansión embrujada para demostrar su coraje para poder entrar en la cofradía de Mentzen. Debía entrar allí y traer algo para demostrar que tenía valor, todo esto para poder tener el derecho de ejercer el arte del latrocinio…
El jarrón llamó su atención. Sus vivos colores, su único diseño, su porcelana obviamente extranjera... era exquisito. Petrus recorrió aquella gigantesca sala que otrora debió de haber albergado la crema y nata de Constantinopla, en aquel momento casi pudo escuchar la música, los pasos de personas y las intrascendente conversaciones de las altas esferas. El joven sintió como un frío antinatural comenzaba a internarse en sus huesos. Había empezado en sus pies y rápidamente comenzó a ganar terreno en sus piernas, espalda y luego el pecho. Tanto era el miedo que sentía que lo único que deseaba en aquel momento era salir de aquel lugar, pero de nuevo se acordó de que tenía que llevar a cabo aquella hazaña para sobrevivir.
Rápidamente apresuró el paso, cogió el jarrón y salió corriendo.
-Veo que te gustan los bienes ajenos-dijo una voz salida de la nada, Petrus lanzó un grito, dio una vuelta en redondo y no vio nada. –Será mejor jovencito que deje ese jarrón allí y abandone mi casa-replicó aquella voz melodiosa, suave y delicada, pero que a la vez le sonaba estridente.
Petrus dio un paso hacia la puerta. Su intención era salir de allí, pero de repente sintió un frío en el brazo, se giró de nuevo y se percató de que una mano pálida, fría y de dedos largos lo retenía.- Será mejor…- Dijo y Petrus soltó el jarrón, que cayó rompiéndose en mil pedazos al estrellarse contra el suelo.
-Excelente-dijo aquella voz -Ahora has abierto una puerta que no podrás cerrar, y tendrás que pagar una deuda que no podrás saldar- añadió la voz mientras se hacia visible. Era una criatura alta de cuerpo delicado y esbelto, su piel era pálida y sus ojos cansados y oscuros, su boca parecía no tener dientes, y había un olor a decadencia, a mohoso rodeándolo. La expresión de aquella criatura era severa y el frío fuego de la venganza ardía en sus ojos _____________________________
Este Linaje es considerado en muchas ocasiones como un paria entre la sociedad feérica. Las mansiones en ruinas, cloacas y demás sitios considerados embrujados son el hábitat natural de los Sluagh. Los lugares oscuros y olvidados les atraen, y son los únicos territorios donde se sienten seguros.
Los Sluagh son amantes de los secretos, los misterios y su propia intimidad. Con todo, son duendes especialmente educados y formales, lo que les da un aire aún más lúgubre, incluso cuando no tengan malas intenciones. Los miembros de este Linaje en la Corte Luminosa suelen ser hadas bien informadas, que actúan como guardianes de quienes consideran que se lo han merecido, así como mercaderes de objetos antiguos, especiales u olvidados. Con todo, suelen tener relaciones por igual con miembros de todos los Linajes y de ambas Cortes.
APARIENCIA: Los Sluagh son pálidos y siempre parecen enfermizos o vestidos demasiado a la antigua. No tienen dientes y sus ojos son inexpresivos. Suelen vestir colores oscuros y desprenden cierto olor a decadencia que les sigue allá donde vayan.
AFINIDAD: Objeto
PRIVILEGIOS y FLAQUEZAS: Los Sluagh tienen extrañas ventajas. Son capaces de dislocar totalmente sus cuerpos, por lo que es casi imposible encerrarlos, y además poseen unos sentidos extraordinariamente agudos. Ahora bien, son incapaces de hablar de otro modo que no sea en susurros, de un modo tan suave que suele generar desasosiego en quienes lo escuchan. |