| - Fátima , no te puedes imaginar cuanto te he echado de menos.- la voz del viejo mercader ardía, llena de deseo. Sus ojos, turbios, contemplaban a la joven, casi una niña, que estaba tumbada en la cama.
Ella sonrió, despectiva, mientras acariciaba la seda de los cojines. Sus ojos se entrecerraron hasta ser dos rendijas azules y los labios se fruncieron en una mueca de disgusto.
- ¿Por eso has estado tanto tiempo sin venir a verme?- Jugueteó con sus rubios rizos.
- Ya no me quieres, Yussuf.-había un tono de reproche en su voz, como de niña mimada, que la hacía parecer todavía más pequeña. Como por descuido dejó caer un tirante del vestido, mostrando un pequeño y pálido seno. La mirada del hombre se fijó en el sonrosado pezón y su boca se abrió y se cerró, sin que las palabras acudieran.
- Eso no es verdad, Fátima- balbuceó Yussuf- Eres lo que más quiero en el mundo.
- Si me quisieras- dijo mientras se volvía a cubrir con el vestido.- me habrías traido lo que te pedí.
La voz, antes cristalina se tornó más ronca, y a Yussuf le recordó el rugir de las olas estrellándose contra las rocas. Fátima se reincorporó poco a poco, con la mirada fija en el hombre. Empezó a soplar un viento fuerte que agitó las cortinas. En la lejanía resonaron los truenos. Pero toda la atención de Yussuf estaba fija en Fátima.
- Si me quisieras habrías asesinado a ese estúpido monje y me habrías traído su corazón y el libro.- la voz de la pequeña se convirtió en una galerna rugiente.-¿Acaso no recuerdas todo lo que te he dado?
Aterrorizado, Yussuf comprobó que no podía escapar. Estaba clavado al suelo, como un barco embarrancado. Quiso hablar, decirle que en el último momento el hombre le había mirado a los ojos y él se había visto incapaz de hacerle daño. Quiso decirle que en último momento había descubierto la piedad en su interior. Pero no pudo. Fátima se acercó poco a poco, sus rubios cabellos agitados por el viento.
- Conmigo has conocido un placer inconcebible, es hora de que conozcas el dolor.
Y sonrió. Y su sonrisa era la de un escualo, preparado para el ataque.
En el exterior se desató la tormenta.
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Antes de que hubiera tierra siquiera, los grandes océanos llenaban el mundo. Los ángeles que dominaban este reino vasto y poderoso eran llamados Nereidas, y se encontraban entre las creaciones más hermosas de Dios. Los Ángeles del Océano debían inspirar a la humanidad, seducirla con misterios y espolearla para que se atreviera a explorar el mundo a descubrir. Su poder les proporcionaba la mejor comprensión de los deseos humanos, pero el designio de Dios aseguraba que las vastas extensiones marinas se interpusieran siempre entre ellos.
La Caída vigorizó a la Quinta Casa, que se valieron de sus poderes para inspirar a mortales y ángeles por igual en la lucha contra el Cielo. Se convirtieron en símbolos vivientes del conflicto, reflejando las mejores cualidades de la resistencia y animando a otros a hacer lo mismo. Lo más importante es que mantenían alta la moral de los rebeldes, incluso durante los momentos más crudos de la guerra, sanando heridas espirituales que ningún otro podría restañar. La derrota supuso un terrible para los Corruptores, que jamás dudaron de que la rebelión fuera una causa justa.
Ahora, esta Casa se dedica a inspirar pasiones en el alma humana, buscando en ellas su sustento. Cabalgan los celos, el deseo o el odio, pero también tutelan la inspiración artística o el carisma innato.
Tormento inicial: 3
Saberes de la Casa:
- Saber de la Añoranza: El poder de manipular los mayores deseos de un mortal.
- Saber de las Tormentas: Los secretos que permiten gobernar el poder del mar y la tormenta.
- Saber de la Transfiguración: El poder de transformarse en el objeto de deseo de otra persona. |