Portada

 

 

 

DEVORADORES

 

Apu-Punchau contempló la hoguera que brillaba en el fondo del valle. Podía sentir los pensamientos simples de los caballos atados en los troncos cercanos. Embotadas por el alcohol y el sueño, percibió las mentes de los cruzados. Minúsculos soles en la oscuridad. Apretó los puños con una furia de milenios y saltó de risco en risco hacia ellos. Su cuerpo cambió a medida que la rabia fluía, unas espinas afiladas rasgaron su piel y todo su ser aumentó de tamaño. Aulló.

El primer soldado murió pensando que la montaña misma le había caído encima, aplastado por el enorme peso de Apu-Punchau. Los demás se levantaron sorprendidos y manotearon buscando sus armas. Pero el demonio ya se movía entre ellos, mutilando y matando. La noche en el valle se llenó de alaridos.

Apu-Punchau olvidó que alguna vez había amado a los humanos y que había desafiado al mismísimo Creador por ellos. Una y otra vez volvían a sus pensamientos las imágenes que había visto esa misma tarde. Los minúsculos huertos pateados, las casas de su pequeña comunidad quemadas. Los cuerpecitos de los niños degollados. Aquellas gentes habían confiado en él y él les había llevado prosperidad. Pero se había ausentado, pues aunque demonio, también debía atender a los asuntos mundanos de la venta de la cosecha. Ahora estaban todos muertos. Muertos en nombre de Dios. ¿Qué clase de Dios cruel permitiría eso?

Bañado en la sangre de sus enemigos, con jirones de carne colgando en las espinas, aulló su odio a las estrellas. Apu-Punchau volvía a recorrer la Senda de los Condenados.

_________________________

La Casa de la Naturaleza gozaba de dominio sobre todo ser vivo que se arrastrara, corriera, volara o reptara sobre la tierra. Cuando lo salvaje se extendió en el mundo, los Ángeles de la Naturaleza tejieron las incontables hebras de la vida en un intrincado tapiz de belleza, majestad y poder. La Sexta Casa desempeñaba su labor con solemne orgullo y un fuerte sentido del honor personal, gobernando su reino con justicia y compasión.

Pese a su reputación de bestias impetuosas que se dejaban guiar por el instinto, los Ángeles de la Naturaleza eran los miembros que más dudaron antes de desafiar la voluntad del Cielo. Al final, sin embargo, los que se unieron a las filas de los caídos creían que no había manera de ser fieles a sus órdenes. Una vez comprometidos, no hubo nadie más valiente ni devoto que los Devoradores, que inundaron las filas de las legiones rebeldes y se enfrentaron a sus antiguos camaradas sin cuartel a los largo y ancho del Paraíso. Los Devoradores eran temidos y respetados por ambos bandos, y nunca perdieron la fe en su victoria final, ni siquiera cuando ésta se sabía imposible.

Al principio, los Devoradores aceptaron su exilio estoicamente, pero la lejanía del mundo vivo les pasó factura. Peor aún, la desaparición de Lucifer supuso un terrible golpe para la moral de la Casa al completo, lo que condujo a muchos a pensar seriamente que habían sido traicionados. Cuando creció su ira y su dolor, revirtieron cada vez más a su naturaleza salvaje, cambiando la razón y la culpa por el instinto irracional. No tienen término medio. O desean unirse a la humanidad para reconstruir el Paraíso... o exterminarla por sus crímenes por cada urbe construida.

Tormento inicial: 4

Saberes de la Casa:

- Saber de la Bestia: Los secretos de la invocación de animales, su control y posesión.

- Saber de la Carne: Los secretos de la restauración, la mejora y la maleabilidad de la carne viva.

- Saber de la Naturaleza: El poder de gobernar la flora de los bosques y los campos.