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MALEFACTORES

Henry se encontró, de pronto, perdido en el dédalo de calles del zoco. El taller del artesano debía de estar cerca, según las indicaciones de su amigo Gilbert, pero en algún momento debía de haberse despistado entre la marea de caras sonrientes y obsequisas. Tendría que haberse tragado su orgullo y haberse dejado acompañar.

Volvió a doblar una esquina por la que estaba seguro que ya había pasado y se encontró, para su sorpresa, con una puertecita, alrededor de la cual había colgados varios escudos, uno de ellos con una cimitarra ardiente dibujada. La señal. Henry se sonrió, satisfecho.

El interior de la tienda era tenebroso, iluminado por unas pocas velas cuya luz se reflejaba en el metal de las armas colgadas de las paredes. Un hombrecillo encorvado y con barba de chivo se levantó de una silla en la que parecía dormitar. Con una ancha sonrisa que mostró su boca desdentada dijo:

•  Le estaba esperando, mi señor- la voz era extraña, ni suave ni profunda, con un ligero acento árabe. Al caballero le vino a la mente el crepitar del fuego de una fragua.

•  Supongo que el Barón Gilbert d'Aude le comentó mi interés por sus armas.- dijo Henry, un poco nervioso.

El hombrecillo sonrió enigmáticamente y se puso a rebuscar debajo del oscuro mostrador. Sacó una espada envuelta en harapos y la depositó con gran reverencia en el mostrador.

•  Es mi mejor creación- en su voz había una nota de orgullo.

Desenvolvió lentamente el arma, como si la desnudara. Henry se quedó sin aliento.

La hoja, perfectamente bruñida, parecía brillar con luz propia. La guardia, dorada, estaba recubierta de pequeñas joyas rojas y verdes, en un diseño que recordaba a un rosal. Daba impresión de equilibrio y perfección. Lentamente, acercó su mano hacia la espada. Su mente se llenó de imágenes de luchas, en las que la espada hendía escudos y quitaba vidas. La espada lo llevaba a la victoria. "Tómame y serás invencible" dijo una voz en su cabeza, "tómame y serás rey". La mano de Henry acarició la suave seda que recubría el puño, y fue subiendo, tocando las joyas, hasta la hoja. Un suave escalofrío recorrió su brazo al contacto con el frío metal. "Serás rey". Notó como la emoción le secaba la boca.

•  La quiero- dijo con un hilillo de voz.- La deseo.

El hombrecillo volvió a sonreir. Sus ojos destellaron, como las chispas que saltan de la fragua.

•  Eso es lo que quería oír.

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Al tercer día, Dios separó los mares de la tierra, y cedió el suelo a un selecto grupo de ángeles. Estos Celestiales, llamados Artífices, gobernaban la tierra y todo lo que en ella haitaba. Recibieron el don de la afinidad con la tierra, las gemas y la roca; con los fuegos que ardían bajo superficie de la tierra; y sobre todo, con el metal. La Tercera Casa recibió asimismo la responsabildad de enseñar a la humanidad a usar la tierra, y se aplicaron gustosos.

Pero la humanidad no estaba preparada para asumir tamaña responsabilidad. Intentaron utilizar los milagrosos instrumentos de los ángeles, pero no sabían hacerlos funcionar adecuadamente, en el mejor de los casos. La humanidad se volvió recelosa de sus misteriosos maestros y temerosa de su perfección, mientras que los Artífices se sentían confusos y desconcertados.

Cuando estalló la guerra entre los ángeles rebeldes y las fuerzas del Cielo, muchos Artífices se unieron a Lucifer. Se sentían rechazados por los humanos que habían intentado amar, y furiosos con el Creador, que les había atado las manos prohibiéndoles ayudar directamente a los mortales. Cuando los rebeldes perdieron la guerra y fueron apresados en el Infierno, los Malefactores lo pasaron muy mal, separados de la tierra y el fuego que constituían su razón de ser. Se tornaron arteros y meditabundos, prefiriendo la cavilación y la paciencia a los estallidos emocionales de ira e inmediatez. En todo caso, suelen ser seres solitarios y meditabundos, casi temerosos de que la humanidad les dé la espalda para siempre. Algunos son auténticos sociópatas.

Tormento inicial: 3

Saberes de la Casa:

- Saber de la Tierra: Los secretos que permiten controlar las fuerzas de la tierra.

- Saber de la Forja: El poder de convertir la materia prima en objetos prodigiosos.

- Saber de las Sendas: El poder de encontrar, crear o cerrar los caminos que unen dos puntos.