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VERDUGOS

Observar el mundo a través de los ojos de un mortal. Una experiencia nueva para Adirael, tan nueva como sentir el fluir de los recuerdos del antiguo propietario, atrapados en las redes neuronales como moscas en una tela de araña. El pobre infeliz había sufrido casi tanto como el propio Adirael durante la Rebelión. Arrastrado a un conflicto que no entendía por unos ideales que no compartía. Y pensar que él tan solo había pretendido que la humanidad lo amara en lugar de temerlo.

Luchas en la oscuridad, sangre y miembros descuartizados. El calor del fuego y el frío del miedo. Dolor. Todo era igual y distinto a la vez, tan absurdo que Adirael no era capaz de distinguir qué recuerdos eran los suyos y cuales los del humano. Tan absurdo como el mundo que veía después de su eternidad en el infierno. Banal como las pequeñas vidas que vivian los hombres, negándose a ver su divinidad. Absurdo hasta decir basta.

Las primeras horas en ese nuevo cuerpo lo habían convencido para tomar una determinación. Estaba harto de tanto sufrimiento. Lo leía en los ojos de los demás, lo sentía en el aire que respiraba. Hasta la tierra misma gritaba su dolor al cielo. El mundo se merecía paz. La silenciosa paz de una necrópolis enterrada por las arenas del tiempo. Necesitaba acallar los gritos en su cabeza y no volverlos a escuchar nunca más. No descansaría hasta extinguir toda vida.

Salió de su tienda, silencioso como un jirón de niebla, y adoptó la forma que tuvo al principio de los tiempos. Desplegó un par de alas de negro azabache y alzó el vuelo.

El centinela montaba guardia junto a la hoguera, maldiciendo en voz baja el frío mortal que calaba hasta sus huesos. Nunca sintió la gélida mano de alabastro que tocó su espalda.

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La última de las Casas Celestiales, los Ángeles de la Muerte recibieron la melancólica tarea de deshacer todos los prodigios que creaban sus compañeros, poniendo fin a las vidas y borrando grandes trabajos para que otros pudieran ocupar su lugar. Era un papel solemne en el seno de las muchas glorias del cosmos, pero los segadores estaban tan satisfechos con su trabajo como cualquier otro ángel... hasta que nació la humanidad.

Al igual que los demás Celestiales, los Segadores amaban a los seres humanos y concentraban todos sus esfuerzos en hacer del Edén un lugar vibrante y dinámico, pero la humanidad en su ignorancia sentía miedo y pesar por la muerte de los animales y plantas. Cuando Lucifer enarboló la bandera de la rebelión, muchos Segadores se unieron a la Caída impulsados únicamente por su desesperado desea de ser amados en vez de temidos.

El castigo por la desobediencia de la humanidad fue la mortalidad. Ahora los Verdugos estaban obligados a poner fin a las vidas que amaban, y el dolor que esto les suponía los alejó aún más de los hombres y los Caídos por igual. Otros muchos se han convertido en jinetes apocalípticos, haciendo justicia contra aquellos a los que señalan por sus malos actos.

Tormento inicial: 4

Saberes de la Casa:

- Saber de la Muerte: Los secretos de la muerte y la descomposición.

- Saber de los Reinos: Los secretos del viaje entre los reinos de lo físico y lo espiritual.

- Saber del Espíritu: El poder para invocar, gobernar y someter a los espíritus de los difuntos.