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DIABLOS

 

Hubo rumores de que había muerto durante la noche, así que cuando todos lo vieron esa mañana aparecer en la muralla pensaron que había ocurrido un milagro. Su joven escudero lo acompañaba con una expresión ausente, había estado toda la noche velando su cuerpo.

Saludó a todos con una sonrisa cortés, e hizo alguna broma a los más viejos. Los hombres de armas parecían física y mentalmente exhaustos, en sus ojos se adivinaba el temor a la muerte. Llegó por fín al parapeto, donde lo esperaba el sargento Jacques que se mostró sorprendido al verlo.

•  Se...señor de la Marquette¿no debería estar en...?

El caballero levantó una mano para acallarlo:

•  Estoy aquí, y estoy bien- contestó y se asomó por un hueco de la muralla. Algunas flechas silbaron y rebotaron a su alrededor, pero Lucien de la Marquette ni se inmutó.

•  Señor, parece que preparan un asalto, les llegaron refuerzos mientras usted...

El caballero se volvió, su cara permanecía impasible, pero en sus ojos ardía un fuego que asustó al sargento Jacques.

•  Sí, Jacques, la cosa tiene mala cara- sonrió- estos infieles no se dan por vencidos.

Se volvió hacia los hombres que estaban abajo y habló. Su voz era un trueno, y sin embargo parecía que estaba hablando en un susurro, directamente al oido de cada uno. El sol naciente parecía envolverlo con sus rayos, y muchos creyeron ver una especie de halo brillante alrededor de su cabeza. Les habló de la gloria que ganarían ese día, de cómo serían recordados durante milenios por sus hazañas. Poco a poco, con timidez, se alzó una espada aquí, un arco allá. Lucien de la Marquette sonrió y levantó su propia espada.

•  Confiad en mí, debeis tener fe en mis palabras. ¡Hoy ganaremos la lucha!

La fuerza volvió a los brazos y a los corazones. Pronto los ojos brillaron, audaces, y se alzaron voces ansiosas de lucha, clamando venganza contra los infieles. Las espadas chocaban contra los escudos.

"Con un ejército motivado se puede hacer cualquier cosa" pensó Adunael, mirando a través de los ojos del Señor de la Marquette. "Incluso asaltar las Puertas del Cielo."

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Los Heraldos, la primera creación y la más perfecta de Dios, portaban el estandarte del Señor, llevando Su luz a todos los rincones de la Creación. Ellos, primeros entre todos los ángeles, eran los líderes y los príncipes de los Celestiales, radiantes ejemplos de todo lo que era glorioso y recto a los ojos de Dios. Ante todo, el deber de la Primera Casa consistía en transmitir la voluntad la voluntad del cielo a las demás Casas, darles instrucciones de su papel evolutivo en la creación del cosmos.

Cuando hubo culminado finalmente el Gran Designio con el nacimiento de la humanidad, los Celestiales se vieron sorprendidos por la orden del Creador de permanecer invisibles y permitir que la humanidad descubriera su potencial sin ayuda. Su insatisfacción encontró voz en el más excelso de sus filas, Lucifer el Lucero del Alba.

Malditos ahora como Diablos, estos subversores se convirtieron en los generales, líderes y héroes de la rebelión. Armados con asombrosa dotes de mando e inspiración, los Diablos se propusieron guiar a la humanidad hacia una nueva era, y animar a los mortales a renunciar al Creador. Pero conforme se alargaba la guerra, los Diablos se distanciaban cada vez más de los humanos que antes habían amado. Los Diablos pasaron de ser héroes y protectores a demagogos y dictadores. Ahora engatusan, gobiernan y manipulan para volver a la humanidad de su lado... quiera o no.

Tormento inicial: 4

Saberes de la Casa:

- Saber de los Celestiales: El poder que permite aumentar las evocaciones de otro demonio.

- Saber de la Llama: El poder de invocar y controlar el fuego.

- Saber del Resplandor: El poder de inspirar, impresionar y aterrorizar a los mortales.