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Extracto de los escritos de la siempre venerable Huang Xiu, año 4012
Hoy he llegado a la ciudad que los Kin Jin llaman Venecia. Es una ciudad dedicada al comercio, repleta de gente de muchos lugares diferentes, por lo que mi aspecto extranjero no llama la atención más que lo justo.
En uno de los puertos me ha recibido un apuesto Kin Jin miembro de una conocida familia de la ciudad. Desde el primer momento ha seguido mis pasos, haciendo muchas preguntas, no menos de las que yo le he realizado a él también. Sus respuestas me siguen llevando a la conclusión de que no pertenecemos a la misma estirpe que ellos. Sus almas son impuras, gobernadas por un hambre demoníaca que no son capaces de aceptar y controlar. No tienen ningún respeto a los ciclos naturales, y muchos caen en las falsas creencias de las religiones de los hombres. Del Ying y el Yang mejor no hablamos; no entra en su cabeza la posibilidad de adoptar la muerte y la iluminación, la decadencia abrazando a la creación.
No respetan a sus mayores por respeto en el camino recorrido, sino por temor, y no pocos conspiran contra ellos. Pero lo que más me ha sorprendido de todo es que han dado la espalda totalmente a los espíritus. Precisamente mi anfitrión está recuperando esta técnica ancestral, pero me dice que el resto de miembros de su especie no creen siquiera que existan otros planos de la realidad. ¿No se preguntarán por qué entonces se han levantado después de la primera vida?
En definitiva, nos separa un mar de conocimiento. Ellos son seres simples, peligrosas bestias salvajes que sólo son capaces de encontrar sustento mediante la Sangre, sin plantearse que la energía es algo mucho más complejo y difícil de encontrar.
Creo que me quedaré un tiempo entre ellos, observando y aprendiendo, pero he perdido toda esperanza de que nunca podamos siquiera llamarnos familia lejana.
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