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CORO CELESTIAL

Anno domini 1300

Se apagó el sonido de la última campanada de la Catedral de Colonia. El agua azotaba los muros del edificio, la lluvía no había cesado en los últimos días. Los colores de las vidrieras lucían apagados y sin brillo. La nave parecía una bestia muerta, ni un solo quejido, ni un solo sonido. El ambiente estaba impregnado por el espeso aroma del incensario, el humo envolvía a los pocos presentes como si de niebla se tratase. Los contornos de las colunmas estaban difuminados, apenas se podía ver unos metros por delante de sus ojos. Las velas del altar luchaban por romper la oscuridad que se cernía sobre los presentes. El arzobispo de Colonia estaba allí, al igual que los obispos de la propia ciudad y los de Munster, Osnabrück, Minden... Los abades, los responsables de la diócesis y buena parte del clero de Colonia también habían sido invitados a la consagración de la catedral.

Los únicos laicos a los que el arzobispo había permito la entrada habían sido a Juan Gérad, el maestro de obras, y una pareja de obreros de su máxima confianza. Los tres se hallaban sentados en el último banco de la iglesia, tratando de fundirse con las paredes. No se atrevían casi ni a respirar dentro de la nave, pese a todas las veces que habían estado dentro planificando los trabajos, dándo órdenes a los trabajadores. La catedral era ante todo su obra, pero el Arobispo Ansberg no lo creía así. La Catedral era parte del plan divino, no una posesión del hombre. Y en un día tan señalado no deseaba que lo mundano empañase la perfección de la obra. Gérad sabía que la palabra del arzobispo era la ley, por eso se contentó con que les dejara presencair la ceremonia desde el último banco, asegurandoles que con que escuchara un susurro proviniente de su boca se encargaría de que fueran condenados al Infierno.

Tras el silencio de la última campanada comenzó el canto de los monjes. Su profunda voz rebotó en los muros y se proyectó hasta el mismo cielo. Gérard, un hombre piadoso que había dedicado su vida a la construcción de la catedral, comenzó a sentir una sensación de paz como jamás había sentido antes. Las voces sonaban cual si no fueran humanas, como si los ángeles hubieran bajado a la tierra para alabar al Señor con sus cantos.

Cuando las voces se apagaron, la lluvia ya había cesado. En ese momento un rayo de sol atravesó el rosetón del altar mayor para proyectar su luz multicolor sobre la figura del Cristo Crucificado.

El Arzobispo Ansberg se alzó en el púlpito y exclamó enardecido: Contemplad, hermanos: Esta es perfecta Obra de Dios, Él que todo lo puede.

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La música y la armonía constituyen el equilibrio de las Esferas y la comunión con Dios. El himno divino aleja al Despertado de la tentación del Infierno y de la banalidad del comercio y la usura. Los Coristas entienden la Creación como una canción infinita en la que su magia ejerce de partitura.


Muchos de ellos han renegado de la Iglesia y de sus cánticos de fuego y muerte para buscar la gloria de cada elemento vivo por su cuenta. Son la caridad y la conciencia del Concilio. Pueden ser filósofos, médicos o sacerdotes. Pero en cualquiera de los casos, insistirán siempre en la necesidad de la unión de la magia en torno a la virtud.

ESFERAS AFINES: Cardinal y Fuerzas

ESTILO: La canción, el fuego y la plegaria son las tres maneras de dar poder al Mensaje de Dios. Suelen manifestar aureolas o rayos de luz al hacer uso de sus Artes. Además, casi toda su Magia es casual, ya que se alimenta de la reverencia y la devoción del pueblo llano. Ahora bien, sin una convicción y una fe titánicas su Magia perdería fuerza y utilidad.