Prólogo de Dominico.
Prólogo de Dominico.
Barrio de Moscavide, 4 de agosto de 2025. La humedad sigue ascendiendo desde el río, envolviendo tejados y antenas, fundiendo las luces del Puente Vasco de Gama, una nueva sombra se ha alzado esta noche sobre Lisboa. La partida ha comenzado, todo indica que la ciudad aún no sabe que ya está jugando. La humedad se adhiere al asfalto, convierte las luces en halos difusos y amortigua el sonido de la ciudad hasta transformarlo en un murmullo distante. Un coche negro se detiene frente a un edificio antiguo de viviendas de líneas limpias. No hay ceremonia, no hay anuncio. Dominico abre la puerta y baja, el contacto del zapato con el suelo húmedo es preciso, medido, sin prisa. Algunos turistas se fijan en como el traje cae sobre su cuerpo como una segunda piel. Ningún logotipo visible, ninguna extravagancia, elegancia sin estridencias. El chófer te da tus pertenencias y cierra la puerta con algo de prisa, no intercambiáis palabras. Tras la marcha del vehículo percibes el peso de una ciudad antigua, la tensión invisible de dominios ya reclamados, las influencias y sensaciones que no aparecen en los mapas. No es tu territorio. Todavía. El vestíbulo huele a mármol pulido y café frío, una vecina del edificio levanta la vista oír la puerta automática. Su expresión cambia apenas un milímetro, mientras toma café y habla por el móvil, no sabe por qué se siente evaluada, solo sabe que lo está siendo y mantiene su mirada lo justo. Cruzas el vestíbulo sin reducir el paso. El ascensor responde de inmediato. Las puertas se cierran con un sonido metálico. El espejo, impecable, no devuelve tu figura. Asciendes un par de plantas. El despacho no es muy amplio, minimalista, recién acondicionado. Aún huele a madera tratada y pintura fresca. No hay fotografías personales. No hay recuerdos. Solo líneas limpias y superficies que reflejan la luz nocturna de Lisboa extendiéndose más allá de las ventanas. Te acercas al cristal. Ves el puente suspendido sobre la negrura del río, los barcos mercantes parecen fantasmas desplazándose en silencio, más allá del colorido crucero atracado en el puerto. La puerta se abre tras de ti con la precisión de alguien que entiende el valor del momento exacto. —Todo está preparado. — dice Ciara. Su voz es neutra, profesional, sin ser servil. No preguntas qué implica "todo". El maletín descansa sobre la mesa. Ciara lo abre con cuidado. Dentro, carpetas ordenadas con la meticulosidad de un cirujano. Un estudio jurídico local, Lisboa es una ciudad portuaria, y los puertos siempre pertenecen a alguien. Ciara se aproxima un paso. —El Senescal ha solicitado información sobre usted. De forma… informal.— Un leve silencio. Eso significa interés, interés significa vigilancia, vigilancia significa que tu llegada ya no es invisible. Te preguntas: "¿Qué sabe nadie de mí?" Te giras despacio hacia la ciudad a través de las ventanas. La luz naranja del puente atraviesa el cristal y dibuja una línea sobre tu rostro mientras recalculas todo. Ciara te observa un instante mientras miras a través del cristal, por su silencio y su aparente expectación sabes que ella sabe que eso significa muchas cosas. Significa que tarde o temprano debes responder, que debes hacerlo de forma impecable porque tu no-vida depende de ello, que no podrás evitarlo, y que deberás medir cada movimiento a partir de ahora mientras tengas un pie sobre Lisboa.
Última edición por Tino el 04 Mar 2026, 12:36, editado 1 vez en total.
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Dominico Castelli (Dava)
Abogado
Re: Prólogo de Dominico.
-OST (She Knows)-
Permanece en silencio mirando la ciudad dormida que se extiende hasta el horizonte ante sus ojos. Dominico toma aire con una teatralidad innata, como si aun necesitase respirar, para luego relajar los hombros antes de hablar.
- Informal…
Niega con la cabeza y aprieta los labios un instante. En ningún momento pierde su porte. Gira el rostro hacia un lado con la parsimonia de quien le sobra el tiempo y entonces decide dirigirse a su acompañante con una fugaz sonrisa en los labios.
- Has hecho un buen trabajo, Ciara. Voy a necesitar que hagas una cosa antes de que acabe la noche -Domico habla sin girarse-. Asegúrate de que el señor Vasconcelos y toda su comitiva se enteran de que me voy a presentar en el Elysium hoy mismo -alza un dedo unos segundos-. De manera “informal” por supuesto.
Pivota sobre si mismo con una firmeza etérea encarándose a su querida ayudante. Debía medir muy bien su movimiento. No podía jugar como de costumbre, este tablero era muchísimo mas inestable de a lo que estaba acostumbrado. Era como continuar la partida que un novato había dejado a medias. Un suicidio Político y social si no se tenía pulso y paciencia.
- Y añade una notificación personal para el Príncipe de mi llegada. Yo mismo te la redactare de mi puño y letra -saca unos folios elegantes de color crema y alto gramaje y los pone sobre la mesa-. Deberá llegarle por medio de nuestro amigo Vasconcelos. Parece ser que esta ciudad ha perdido las buenas formas…
Toma asiento sin que el traje se arrugue lo más mínimo y el abrigo parece flotar esquivando el respaldo de la silla de manera instintiva. Toma la pluma del bolsillo interior y redacta el anuncio formal de su llegada con pulcritud. No hay faltas de ortografía. No hay borrón alguno. Una caligrafía impecable. Una demostración intrínseca de cómo se deben hacer las cosas. De como hace las cosas. Espera a que se seque la tinta y pliega el papel en tres. Saca una vela y un mechero. Se los ofrece a Ciara para que derrita la cera lacrando la carta. Dominico se levanta y se aleja un par de pasos en lo que dura el proceso. Cuando ha apagado la llama, vuelve junto a ella y usa el anillo familiar para sellar la carta y se la entrega.
- Puedes hacérsela llegar en persona o por un tercero. Confió plenamente en tu criterio -extiende la carta y en el momento que ella la toma entre sus dedos, antes de soltarla, añade-. También necesitare que mañana por la mañana empieces a organizar una cena con baile. No hace falta que seas discreta. Si se entera la prensa, mejor. Invita a todos nuestros clientes potenciales -toco con los dedos los informes que hay sobre la mesa-. Como siempre, no repares en gastos pero tampoco queremos que se sientan abrumados. Necesito que deseen venir por iniciativa propia, de corazón -sonríe ante su propio chiste interno-, no que se sientan obligados. No aún. Avísame cuando le llegue la carta al señor “informal”. Estaré aquí revisando los dosieres. Puedes marchar, Ciara.
Toma los informes y abre el primero para estudiarlo de manera superficial. Todos son negocios portuarios. Muy rentables, o al menos lo serán con un poco de ayuda profesional. Su ayuda. Lo único que echa de menos es no tener información sobre los ratoncitos que se jactan de gobernar esta ciudad. Se sirve dos dedos de Bourbon en un vaso, mira de nuevo por la ventana y evalúa con desaprobación el barrio de Moscavide. Da un sorbo. Sabe que se merece mucho más, pero este barrizal le da la oportunidad de mostrarles al resto de sanguijuelas como hacen las cosas los Guardianes. Como actúan y se comportan los Vástagos de verdad. Ahora solo resta esperar la llamada de Ciara para dar su siguiente paso.
Permanece en silencio mirando la ciudad dormida que se extiende hasta el horizonte ante sus ojos. Dominico toma aire con una teatralidad innata, como si aun necesitase respirar, para luego relajar los hombros antes de hablar.
- Informal…
Niega con la cabeza y aprieta los labios un instante. En ningún momento pierde su porte. Gira el rostro hacia un lado con la parsimonia de quien le sobra el tiempo y entonces decide dirigirse a su acompañante con una fugaz sonrisa en los labios.
- Has hecho un buen trabajo, Ciara. Voy a necesitar que hagas una cosa antes de que acabe la noche -Domico habla sin girarse-. Asegúrate de que el señor Vasconcelos y toda su comitiva se enteran de que me voy a presentar en el Elysium hoy mismo -alza un dedo unos segundos-. De manera “informal” por supuesto.
Pivota sobre si mismo con una firmeza etérea encarándose a su querida ayudante. Debía medir muy bien su movimiento. No podía jugar como de costumbre, este tablero era muchísimo mas inestable de a lo que estaba acostumbrado. Era como continuar la partida que un novato había dejado a medias. Un suicidio Político y social si no se tenía pulso y paciencia.
- Y añade una notificación personal para el Príncipe de mi llegada. Yo mismo te la redactare de mi puño y letra -saca unos folios elegantes de color crema y alto gramaje y los pone sobre la mesa-. Deberá llegarle por medio de nuestro amigo Vasconcelos. Parece ser que esta ciudad ha perdido las buenas formas…
Toma asiento sin que el traje se arrugue lo más mínimo y el abrigo parece flotar esquivando el respaldo de la silla de manera instintiva. Toma la pluma del bolsillo interior y redacta el anuncio formal de su llegada con pulcritud. No hay faltas de ortografía. No hay borrón alguno. Una caligrafía impecable. Una demostración intrínseca de cómo se deben hacer las cosas. De como hace las cosas. Espera a que se seque la tinta y pliega el papel en tres. Saca una vela y un mechero. Se los ofrece a Ciara para que derrita la cera lacrando la carta. Dominico se levanta y se aleja un par de pasos en lo que dura el proceso. Cuando ha apagado la llama, vuelve junto a ella y usa el anillo familiar para sellar la carta y se la entrega.
- Puedes hacérsela llegar en persona o por un tercero. Confió plenamente en tu criterio -extiende la carta y en el momento que ella la toma entre sus dedos, antes de soltarla, añade-. También necesitare que mañana por la mañana empieces a organizar una cena con baile. No hace falta que seas discreta. Si se entera la prensa, mejor. Invita a todos nuestros clientes potenciales -toco con los dedos los informes que hay sobre la mesa-. Como siempre, no repares en gastos pero tampoco queremos que se sientan abrumados. Necesito que deseen venir por iniciativa propia, de corazón -sonríe ante su propio chiste interno-, no que se sientan obligados. No aún. Avísame cuando le llegue la carta al señor “informal”. Estaré aquí revisando los dosieres. Puedes marchar, Ciara.
Toma los informes y abre el primero para estudiarlo de manera superficial. Todos son negocios portuarios. Muy rentables, o al menos lo serán con un poco de ayuda profesional. Su ayuda. Lo único que echa de menos es no tener información sobre los ratoncitos que se jactan de gobernar esta ciudad. Se sirve dos dedos de Bourbon en un vaso, mira de nuevo por la ventana y evalúa con desaprobación el barrio de Moscavide. Da un sorbo. Sabe que se merece mucho más, pero este barrizal le da la oportunidad de mostrarles al resto de sanguijuelas como hacen las cosas los Guardianes. Como actúan y se comportan los Vástagos de verdad. Ahora solo resta esperar la llamada de Ciara para dar su siguiente paso.
Re: Prólogo de Dominico.
Ciara asintió ante las indicaciones de su amo. El gesto fue inmediato, casi instintivo, pero no carente de emoción. Cada palabra de Dominico tenía para ella un peso particular, una gravedad que no nacía del miedo sino de algo mucho más profundo. La sangre que él le había concedido había cambiado su forma de mirar el mundo. No era una simple cadena. Era un eje alrededor del cual giraba su existencia. Cuando Dominico habló de lo "informal", Ciara percibió el matiz en su voz aunque apenas lo enfatizara. La sonrisa fugaz, la forma en que negó con la cabeza… detalles mínimos que para ella eran tan claros como órdenes explícitas. Había hecho un buen trabajo. Ese reconocimiento bastaba para que un leve orgullo silencioso se instalara en su pecho. Mientras él preparaba los folios de papel crema y escribía con esa caligrafía impecable, Ciara permaneció cerca de la mesa, observando el proceso con la misma atención reverente con la que otros contemplarían un ritual. Dominico hacía las cosas como debían hacerse. Incluso un gesto tan mundano como redactar una carta adquiría en sus manos una elegancia casi teatral. Cuando él le ofreció la vela y el mechero, Ciara los tomó con cuidado. Encendió la mecha. La cera comenzó a derretirse lentamente, goteando sobre el pliegue del papel con la paciencia espesa de los rituales antiguos. La llama iluminó durante un instante el despacho, proyectando sombras suaves sobre las paredes y reflejándose en el atuendo oscuro de Dominico mientras este se alejaba unos pasos, dejando que ella completara la tarea. Ciara sopló la llama cuando el lacre estuvo listo. Dominico regresó entonces y presionó su anillo familiar sobre la cera caliente, dejando una marca perfecta. Cuando le entregó la carta, Ciara la tomó con ambas manos. Y en ese breve contacto entre los dedos de ambos, el vínculo volvió a recordarle quién era ella. Una ghoul. Una servidora. Algo más cercano a una extensión de su voluntad que a una simple asistente. Dominico continuó hablando, detallando la cena, los invitados, la prensa, los posibles clientes. Ciara escuchó cada indicación con atención absoluta, memorizando los matices tanto como las órdenes. No repararía en gastos. Pero tampoco debía abrumar a los invitados. Un equilibrio delicado. Exactamente el tipo de juego que Dominico disfrutaba. Cuando él terminó y comenzó a revisar los dosieres portuarios, Ciara ya sabía perfectamente qué debía hacer. Aun así permaneció un momento más en el despacho. Por costumbre. Por lealtad. Por esa dependencia silenciosa que le dificultaba abandonar la estancia donde él se encontraba. Finalmente se dirigió hacia la puerta… pero algo llamó su atención antes de salir. Dominico estaba mirando por la ventana. Ciara siguió su mirada.
Desde aquella altura podía verse el parque que descendía hacia el Río Tajo. Las farolas dibujaban senderos amarillos entre la hierba húmeda y algunos caminantes nocturnos aún cruzaban la zona. Entre ellos, una figura destacó de inmediato. Una chica joven, Rubia y Delgada. Vestía un vestido corto, vaporoso, de tela sedosa y brillante con un estampado oscuro. Un bolso pequeño colgaba de su hombro sujeto por una cadenita muy fina que tintineaba suavemente con cada paso. Sus tacones altos, en forma de sandalias, estaban anudados a las piernas con tiras elegantes. No aparentaba más de veinte años, sin embargo, su rostro no tenía nada de juvenil. Su expresión era seria, demasiado seria para alguien vestida para una fiesta. La chica se detuvo, metió la mano en el bolso y sacó su móvil, lo miró durante unos segundos, y de repente lo lanzó contra el suelo con una violencia seca. El dispositivo estalló contra el pavimento, los fragmentos se dispersaron bajo la luz de la farola, sin vacilar, la chica giró hacia un banco cercano. Allí estaba sentado un hombre bajito, enclenque y calvo de unos 50 o 60 años. Tenía una tablet entre las manos y parecía completamente absorbido por la pantalla. No levantó la vista hasta que la chica estuvo prácticamente delante de él. El sobresalto fue inmediato. Incluso desde la distancia Ciara pudo ver cómo su postura se encogía, cómo sus manos comenzaban a moverse nerviosamente mientras intentaba explicarse. La chica lo reprendía. Sus gestos eran firmes, cortantes. El hombre parecía cada vez más inquieto, entonces ella le arrebató la tablet. La sostuvo apenas un segundo y la estrelló contra el suelo. El golpe fue contundente, la pantalla se hizo añicos… y al mismo tiempo ocurrió algo más. Un pequeño zumbido metálico que hasta ese momento había pasado desapercibido se interrumpió bruscamente. Un dron. Había estado flotando unos metros por encima del banco, discreto, casi invisible contra el fondo oscuro del parque. Al romperse la tablet que aparentemente lo controlaba, el aparato tembló en el aire durante un instante. Luego cayó. El dron se estrelló contra el pavimento y sus piezas se dispersaron junto a los restos de la tablet. El hombre miró el desastre, luego miró a la chica. Su expresión cambió por completo. Miedo. Se levantó de golpe y echó a correr. Atravesó el parque en dirección al río, siguiendo el sendero que descendía hacia la oscuridad cercana al Tajo. Las farolas se volvían más escasas conforme se aproximaba al agua. La chica comenzó a seguirlo, pero no corría, caminaba a paso ligero, constante, con una calma inquietante. Como si supiera perfectamente que el hombre no tenía ninguna posibilidad de escapar. El hombre corría cada vez más rápido, tropezó una vez y casi cayó, pero continuó hacia la parte más oscura del parque. Las sombras terminaron por tragarse ambas figuras, primero desapareció el hombre, luego la chica. Desde la ventana del despacho, la distancia y la oscuridad ya no permitían distinguir nada con claridad. Solo quedaban las farolas… y los restos del móvil, la tablet y el dron destrozados sobre el suelo. Ciara observó el lugar durante unos segundos más, la curiosidad apareció en su mente como un pequeño impulso incómodo, pero no duró mucho. Su mirada regresó finalmente a Dominico, que continuaba mirando. Y, como siempre ocurría, Ciara se quedó mirando a Dominico mientras él no la miraba, todo lo demás dejó de importar demasiado para ella.
Desde aquella altura podía verse el parque que descendía hacia el Río Tajo. Las farolas dibujaban senderos amarillos entre la hierba húmeda y algunos caminantes nocturnos aún cruzaban la zona. Entre ellos, una figura destacó de inmediato. Una chica joven, Rubia y Delgada. Vestía un vestido corto, vaporoso, de tela sedosa y brillante con un estampado oscuro. Un bolso pequeño colgaba de su hombro sujeto por una cadenita muy fina que tintineaba suavemente con cada paso. Sus tacones altos, en forma de sandalias, estaban anudados a las piernas con tiras elegantes. No aparentaba más de veinte años, sin embargo, su rostro no tenía nada de juvenil. Su expresión era seria, demasiado seria para alguien vestida para una fiesta. La chica se detuvo, metió la mano en el bolso y sacó su móvil, lo miró durante unos segundos, y de repente lo lanzó contra el suelo con una violencia seca. El dispositivo estalló contra el pavimento, los fragmentos se dispersaron bajo la luz de la farola, sin vacilar, la chica giró hacia un banco cercano. Allí estaba sentado un hombre bajito, enclenque y calvo de unos 50 o 60 años. Tenía una tablet entre las manos y parecía completamente absorbido por la pantalla. No levantó la vista hasta que la chica estuvo prácticamente delante de él. El sobresalto fue inmediato. Incluso desde la distancia Ciara pudo ver cómo su postura se encogía, cómo sus manos comenzaban a moverse nerviosamente mientras intentaba explicarse. La chica lo reprendía. Sus gestos eran firmes, cortantes. El hombre parecía cada vez más inquieto, entonces ella le arrebató la tablet. La sostuvo apenas un segundo y la estrelló contra el suelo. El golpe fue contundente, la pantalla se hizo añicos… y al mismo tiempo ocurrió algo más. Un pequeño zumbido metálico que hasta ese momento había pasado desapercibido se interrumpió bruscamente. Un dron. Había estado flotando unos metros por encima del banco, discreto, casi invisible contra el fondo oscuro del parque. Al romperse la tablet que aparentemente lo controlaba, el aparato tembló en el aire durante un instante. Luego cayó. El dron se estrelló contra el pavimento y sus piezas se dispersaron junto a los restos de la tablet. El hombre miró el desastre, luego miró a la chica. Su expresión cambió por completo. Miedo. Se levantó de golpe y echó a correr. Atravesó el parque en dirección al río, siguiendo el sendero que descendía hacia la oscuridad cercana al Tajo. Las farolas se volvían más escasas conforme se aproximaba al agua. La chica comenzó a seguirlo, pero no corría, caminaba a paso ligero, constante, con una calma inquietante. Como si supiera perfectamente que el hombre no tenía ninguna posibilidad de escapar. El hombre corría cada vez más rápido, tropezó una vez y casi cayó, pero continuó hacia la parte más oscura del parque. Las sombras terminaron por tragarse ambas figuras, primero desapareció el hombre, luego la chica. Desde la ventana del despacho, la distancia y la oscuridad ya no permitían distinguir nada con claridad. Solo quedaban las farolas… y los restos del móvil, la tablet y el dron destrozados sobre el suelo. Ciara observó el lugar durante unos segundos más, la curiosidad apareció en su mente como un pequeño impulso incómodo, pero no duró mucho. Su mirada regresó finalmente a Dominico, que continuaba mirando. Y, como siempre ocurría, Ciara se quedó mirando a Dominico mientras él no la miraba, todo lo demás dejó de importar demasiado para ella.
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Dominico Castelli (Dava)
Abogado
Re: Prólogo de Dominico.
Dominico suspiró con desaprobación, desvió su mirada hacia Ciara y esbozó una pequeña sonrisa de superioridad. Lisboa se parecía a un niño pequeño y maleducado al que han dejado en casa sin supervisión. El vaso de licor colgaba de sus dedos mientras este aun saboreaba el sorbo anterior. - Malditos paparazzi. Podrían habernos avisado y hubiéramos posado…
El LaSombra dio un nuevo sorbo. Depositó el vaso sobre el alféizar y se acercó a su ghoul con una sonrisilla divertida y agradable que daba a entender a cualquier desconocido que todo iba bien. Ciara, sin embargo, sabía las connotaciones de aquella expresión. Dominico rara vez se divertía o lo demostraba, salvo cuando hacia “justicia”.
- No se si tildarlo de ineptitud, mala educación o falta de respeto… -dijo en un tono suave y monocorde-. Esta ciudad necesita un correctivo -negó de manera solemne- o arder hasta los cimientos.
Los ojos de Dominico brillaron fugazmente al igual que su sonrisa velada. Se dirigió hasta la puerta donde se ajustó los puños de la camisa y colocó la chaqueta sobre sus hombros. Un leve carraspeo valió para que su ghoul le alcanzase y ajustase el nudo de la corbata. Ciara era de las pocas personas, por no decir la única, a la que Dominico permitía invadir su espacio personal. Cuando termino, le acaricio suavemente la mejilla con el revés de su mano.
- Ese anciano es un tipo afortunado. Si me hubiera fallado así de estrepitosamente a mí…
No era una amenaza velada, a Dominico no le gustaban esos juegos. Era un simple recordatorio de lo que le ocurrió a su predecesora por mucho menos. La relación entre ambos era clara e iba más allá de lo estándar entre un ghoul y su amo. Ciara era el reflejo de Dominico a todos los efectos en el mundo mortal y sobrenatural. El LaSombra se encargaba de que todo el mundo lo tuviera bien claro. Esto significaba que si ella cometía el más mínimo error, era como si lo hubiera cometido el propio vástago, pero por ende, si alguien ofendía, insultaba o agredía a Ciara, era como si se lo hubieran hecho al propio Dominico. Y este no llevaba muy bien las faltas de educación.
- Ahora vamos a recuperar los restos de su chapuza -aseveró de manera concisa.
Durante los pocos segundos que duro el trayecto hasta la planta baja, Dominico señalo con la cabeza de manera fugaz el espejo del ascensor. No podía descuidar ningún detalle que pudiera exponerle. Debía de desaparecer o ser sustituido. Ciara tomo nota mentalmente y asintió. Un leve “ding” anuncio su llegada a la planta baja y precedió la silenciosa apertura de puertas. Ante ellos se extendía de nuevo la ominosa, húmeda y oscura noche de Lisboa.
- Yo te cubro.
Dejo a Ciara ir unos pasos por delante de él. Sus sentidos extendidos ante la posible presencia de mas vecinos deseosos de darle la bienvenida. Una vez fuera del edificio y amparado por la oscuridad que siempre convive con los suyos caminaron hasta el banco junto a los restos de los dispositivos. La intención era clara. Asegurarse de recuperar las distintas tarjetas de memoria que hubiera entre los restos, y devolverle lo demás envuelto para regalo al Senescal junto con la carta, para que se los hiciera llegar a su propietaria, sea quien fuere. Por desgracia, la joven, había captado la atención de Dominico. Ahora tenía una necesidad imperiosa de saber quién era aquella mujer.



