Montecristo sintió el calor corrosivo de una sustancia pegajosa en su rostro. Una quemazón se extendió por el lugar en el que Virgil había escupido su propia sangre, haciendo que los propios colmillos del viejo policía dolieran de tanto como intentaban extenderse para clavarse en su hermano. Montecristo
presentía que aquella lucha fratricida se estaba decantando a su favor a pesar de aquel ácido que corría por su mejilla, ya que podía notar cómo manaba la sangre del cuello de su hermano de Clan, con ese sabor de pergamino, ceniza y hierro que se agolpaba en sus propias papilas gustativas.
El forcejeo llenó a ambos de sangre y barro, y Virgil logró zafarse lo justo para bramar entre los gruñidos de Montecristo.
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¡Para, bastardo! ¡Hex!
El alarido de Virgil hizo que Montecristo mirara durante un segundo en la dirección en la que estaba el vehículo en el que habían venido sus familiares consanguíneos. Hex estaba tendida en el suelo, aparentemente inerte, mientras los visitantes de las motos las ponían en marcha para alejarse a toda velocidad de aquel lodazal. Virgil trataba de mantener a raya los colmillos de Montecristo con la intención de quitárselo de encima... y el policía se encontró con una decisión que tomar mientras notaba cómo la Bestia seguía golpeando sus impulsos, que controlaba con voluntad férrea.
Por un lado, si Virgil se centraba en intentar socorrer a la Sire de ambos, sería más sencillo que nunca poder darle el golpe de gracia definitivo que todo su ser ansiaba proporcionarle. Por otro, una intensa angustia se apoderó del propio policía al ver a su Sire desvalida y tirada en medio del barro. Por un instante esa agonía se tradujo en un vacío creciente que la Bestia trataba de aplastar con sus susurros para terminar de masacrar a aquel
hermano que tanto le había humillado...
El sonido de unos huesos al crujir chocando contra el suelo es lo que sigue al vuelo de Melinda. Algo en la mente de Nyx, cuya racionalidad está en un segundo plano intentando a duras penas hacerse presente ante el gobierno de la Bestia, espera que el golpe no haya sido tan violento como para desnucarla. En todo caso, el Brujah se dice a sí mismo que con ese golpe Melinda tiene aún la posibilidad de sobrevivir... algo que no estaba nada claro si él se mantenía cerca de ella.
Nyx solo siente rabia, hambre, furia. Las últimas semanas de calcular opciones, escapar, encontrar nuevos escondites, jugar al ajedrez social y tratar de mantener a la Coterie junta se han desbordado en el interior de su naturaleza salvaje. Está cansado de escapar. Cansado de sentir una preocupación constante por aquellos mortales que aún le mantienen con los pies en la tierra. Cansado de ser el perseguido. Hay algo innato en su propia esencia que se ha desatado sin control y probablemente le cambie para siempre. Quizá nunca vuelva a ser el arquitecto taimado que busca la mejor solución a un problema complejo. Quizá ahora comprende que desde que murió por primera vez no es más que una bestia rabiosa encerrada en el cuerpo de un estadounidense de clase media.
En todo caso, esos pensamientos son apenas fugaces sensaciones en una mente dominada por la ansiedad, la rabia y el hambre. Los motoristas están a punto de pasar junto al Brujah en su huida después del tiroteo, a sus oídos llega el forcejeo en el barro de Montecristo con otro tipo, los gritos y los motores generan una algarabía que satura sus sentidos. A pocos metros hay un cuerpo tumbado. Nyx apenas distingue una silueta de una mujer en el barro.
Inmóvil.
Sangre. La Bestia ruge.
Pagliacci salta con la rabia de siglos de una ciudad superviviente a su propia decadencia. El recuerdo de aquella primera maldita noche en la que cambió toda su existencia es pura gasolina para sus músculos, al tiempo que disfruta durante una décima de segundo de la cara de absoluto estupor de aquel tipo trajeado cuando la ve justo encima de ella. Ese rostro escupe sangre cuando las garras de Pagliacci atraviesan su abdomen de parte a parte, convirtiendo aquel traje caro en poco más que harapos.
La Caitiff nota el calor de la sangre que salpica su rostro de nuevo, y percibe un ligero olor que le recuerda al de un contenedor de mercancías, al de un puerto con restos de gasóleo, al de las gaviotas que revoloteaban por los restos de todo tipo de la costa de Ellis Island.
El tipo intenta decir algo, pero sus ojos claros se vuelven vidriosos mientras sus esfuerzos por hablar se convierten en estertores sanguinolentos. Se mantiene de rodillas con Pagliacci abrazada a él de una manera antinatural que pareciera sacada de un cuadro de un pintor de horrores. Según saca poco a poco su mano derecha del interior del cuerpo del tipo, reconvertida en una garra retorcida, puede notar el aguijón profundísimo del hambre.
Pagliacci se ha vaciado del todo. Todo termina. Una profunda debilidad se apodera de su cuerpo y de su espíritu al tiempo que la Bestia susurra en miles de voces que crean un torbellino sin sentido en sus pensamientos. La Caitiff no se siente inmortal. Se siente más humana que nunca. Tiene hambre, tiene cansancio. Mucho cansancio. Un cansancio infinito y una angustia profundísima en su interior.
Y entonces oye cómo se carga algún tipo de arma a su espalda.
La conductora.
Pagliacci escucha una voz de mujer.
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Voy a volarte la tapa de los sesos, hija de la gran puta.
OFF: Nyx Ansia 4 + 5 Niveles de Salud superficiales (5/5). Impedido (-2 Dados a todas las acciones cuando no esté en Frenesí). Puedes gastar FV si quieres dirigir la rabia hacia los motoristas en lugar de ir a desangrar a Hex. En ese caso, súmale una tirada de Destreza + Atletismo (sin penalización porque estás cabalgando la ola) para perseguir a las motos.
Pagliacci, Ansia 5, 1 daño superficial FV. Puedes declarar tu acción, pero la tipa va a disparar de inmediato (no he hecho la tirada aún para que poder narrar lo que le pasa a la Caitiff por la cabeza en estos segundos)
Montecristo, Ansia 2. 1 Nivel Salud superficial