Montecristo lloraba sobre el cuerpo inerte de Hex. Por primera vez desde que la conoce observa en ella el estado del cadáver, la temperatura fría, las articulaciones rígidas, la sangre ennegrecida. Nada que ver con aquella vampira que, paradójicamente llena de aparente vida, pasaba las noches en Studio 54, la que experimentaba con nuevas sustancias con Warhol y Jagger, la que decían que había vuelto loco a Travolta. Ahora era solo un cuerpo pesado y sin vida en sus brazos llenos de agua, barro y sangre.
Los colmillos del Tremere volvieron a su lugar mientras notaba el sabor férrico de sus propias lágrimas. El sonido de los motoristas se había alejado lo suficientemente para parecer apenas un recuerdo onírico. Escuchaba otras voces cerca, pero no reconocía más que una amalgama de ruido. Montecristo en todo caso
sentía que no estaba muerta de forma definitiva, ya que en ese caso probablemente ahora sostendría un cuerpo descompuesto o directamente un montón de cenizas en el barro.
Pero ahora Hex era totalmente dependiente de sus decisiones.
Notó una mano fría, como una garra, en su hombro izquierdo.
Sus colmillos volvieron a salir al exterior al notar aquel gesto de su hermano de sangre, cuya mano mostraba su propia debilidad porque era poco menos que un cúmulo de huesos cadavéricos con la carne pegada de forma débil.
-
Vámonos de aquí, hermano.
Montecristo se quedó helado. Virgil jamás le había llamado...
hermano.
Pagliacci cerró los ojos de manera instintiva al escuchar el disparo.
Aunque seguramente solo fueron milésimas de segundo, se hicieron eones en los que esperaba notar cómo su cabeza se despedazaba.
Y entonces, abrió los ojos. Parpadeó. Y un último aliento de su Bestia hambrienta emergió de lo más profundo de su garganta al observar a aquella tipa corriendo hacia el grupo de motoristas que se acercaba a toda velocidad levantando una nube de barro.
De alguna manera, había sobrevivido. Como cuando debió salir de un contenedor de mercancías cuyo recuerdo había quedado enterrado en lo más profundo de sus pensamientos. Como cuando logró escapar como polizón en un barco de la policía desde aquella maldita isla en la que empezó su calvario post-mortem hasta pisar Manhattan por primera vez.
Le habían repetido en multitud de ocasiones que no era nada ni nadie. Que no tenía lugar. Mujer, negra y Caitiff. Escoria. Y ella se había negado a aceptarlo noche tras noche, gota tras gota, carrera tras carrera.
Pagliacci miró a su izquierda y vio el cuerpo de aquel tipo trajeado con el abdomen abierto. Sus ojos vidriosos la miraban desde algún lugar desconocido.
Pero no estaba muerto. Ella lo sabía de manera instintiva. Por un instante pensó si realmente había obtenido las respuestas que ansiaba. Barro eres y en barro te convertirás.
Nueva York era su hogar. En cierto modo, su territorio. Se había aferrado con uñas y colmillos a aquella ciudad maldita. Quizá por culpa de ese tipo que yacía como un cadáver incorrupto a medio metro de ella. Sabía que en todo caso aún no había terminado todo. Que los Shelby esperaban. Que Melinda estaba en algún lugar en aquel lodazal.
El grupo de motocicletas se acercaba a gran velocidad hacia el coche ahora vacío.
La sangre de aquel tipo con mucha más pinta de venir de un club de carretera del Medio Oeste que de la capital del mundo sabe a fuerza, a gasolina, a rabia contenida, a libertad descontrolada. Nyx hunde sus colmillos de una manera salvaje junto a una de sus clavículas, dejando que aquel torrente descontrolado de pura rabia se apodere definitivamente de sus pensamientos. No queda rastro de racionalidad en su cerebro, la Bestia toma el control para saciarse y dejar seco a aquel tipo, para revitalizarse, curarse, emerger al exterior y aullarle al mundo que ha tomado posesión del cuerpo de un arquitecto que un día estuvo vivo y ahora es un cadáver andante.
Al éxtasis le sigue el vacío.
Un absoluto fundido a negro después de lo que Nyx siente como el golpe de toneladas de plomo sobre su cráneo. Nota cómo la parte trasera de su cabeza impacta de una manera potencialmente letal para un humano contra el suelo. Aquel desgraciado corre como alma que lleva el diablo por la ciénaga alejándose de aquel tarado capaz de saltar sobre su moto.
Nyx gime con pura agonía. La sangre brota de su boca, no sabe ya si es la suya o la del tipo. Su Bestia sigue acechando, pero agazapada, saciada solo en parte, rabiosa por no haber podido continuar con su festín. El Brujah apenas puede moverse. Todo su cuerpo es dolor. Se mantiene tumbado boca arriba, boqueando como un pez en la ciénaga en la que está tumbado. Nyx siente la profunda tentación de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sopor.
Pero la Bestia rechista, se remueve como un perro rabioso a punto de romper su cadena. No va a permitir esa tregua al Brujah.
Nyx oye unos pasos en el barro. Dos voces, una masculina de un adolescente, la otra de una mujer mucho más mayor. Es él quien habla con tono tembloroso.
-
Es... es... ¿uno de ellos?
-
Diría que no -responde la mujer.
Los pasos se acercan. Los dos rostros se muestran a la vista de Nyx, que apenas puede articular palabra.
-
Es el que le ha metido la hostia a Melinda.
Silencio de un par de segundos.
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¿Y si...
OFF: Nyx Ansia 3 + 5 Niveles de Salud superficiales (5/5). Impedido (-2 Dados a todas las acciones, no estás en Frenesí. Puedes gastar 1 FV por turno para evitar la restricción durante dicho turno. También 1 control de Enardecimiento te permitiría salir de Impedido si lo superas). 1 Nivel superficial FV.
Pagliacci, Ansia 5, 1 daño superficial FV.
Montecristo, Ansia 2. 1 Nivel Salud superficial