Emulando aquella historia primigenia de Caín y Abel, tan simbólica para los Vástagos, Montecristo apenas llegó a ver un fogonazo a su derecha, el sonido de los motores de las motocicletas, gritos y un sonido como el de una puerta abriéndose de golpe. Todo su instinto fratricida se concentró en abalanzarse sobre su hermano de sangre, a quien la embestida le pilló por sorpresa y ambos vuelan hasta aterrizar con un golpe seco sobre el barro y el agua.
Los colmillos de Montecristo rasgan el cuello de su hermano, y nota entre el barro y el agua el sabor de su Sangre. El sabor
de su propia Sangre. Luchando entre los rugidos de su Bestia interna, una voz aúlla en la mente del viejo policía preguntándole qué está haciendo, cómo se está dejando llevar por la ira y las humillaciones pasadas. Otra voz, mucho más poderosa, le incita a hacer lo que siempre deseó desde el mismo momento en que soñó con aprender más y más secretos del Clan: destruir a quien parecía conocerlos ya y alardeaba de ello ante la propia creadora de ambos.
En aquella mezcla de barro, agua y sangre quedaban reducidos los herederos de un Clan que se creía llamado a las alturas. Montecristo era capaz de distinguir a pesar del caos el aroma de aquella Vitae; el olor a libros viejos, a madera y a productos de limpieza entremezclada con la intensidad del carácter sanguíneo y vengativo de su propio hermano. Y junto a todo ello, un aroma más ácido que le hizo comprender, y también a su Bestia, que Virgil tenía en aquella Sangre su propia arma...
Nyx empujó a Montecristo para incrementar la propia inercia del ataque de su compañero y sacarle del ángulo de tiro de aquellos motoristas que, como pudo intuir apenas décimas de segundo antes de que sucediera, iban a disparar primero y a preguntar después ante la evolución de los acontecimientos.
El Brujah apretó los dientes por el dolor punzante que sentía en el cuerpo y la presión de su Bestia mientras se lanzaba hacia la parte trasera de aquella furgoneta. Podía sentir
casi de manera física cómo contener a su Bestia era un ejercicio semejante al de intentar sujetar con dos manos la correa que ata a un perro colérico de decenas de kilos de peso. Aún podía sostenerla, pero el impulso de su violencia era de tal magnitud que no tardaría en escapársele de las manos.
Se movió con rapidez escapando de la primera línea de fuego para alcanzar la parte trasera del vehículo... y entonces todo se convirtió en luz y dolor.
Las puertas traseras de la furgoneta se abren de golpe, algo se echa encima del Brujah que, sin terminar de entender lo que sucede, nota un intenso dolor cortante debajo de la tráquea. Nyx cae al suelo con la sangre brotándole de la boca y con su agresora encima de él.
Melinda suelta aquel trozo de metal arrancado de la parte trasera de la furgoneta y ahora incrustado en el cuerpo de Nyx y se lleva las manos a la boca con horror. Nyx alcanza a ver más siluetas, aunque solo tiene ojos para Melinda. Tiene que hacer un esfuerzo sobrenatural para seguir consciente, pero más todavía para evitar una tragedia aún mayor: que su Bestia se suelte de la correa justo a medio metro de Melinda...
Pagliacci escuchó a lo lejos detonaciones, gritos, el motor de las motocicletas y todos los componentes clásicos de una espiral de violencia como las que suelen acompañar los asuntos entre Vástagos. Por un instante sintió un impulso para retroceder y comprobar cuál era el destino de sus compañeros y si Melinda estaba en aquel convoy destinado a ser una entrega a manos malditas.
Pero por un instante se obligó a pensar en sí misma. El caos le había ayudado a mantenerse fuera de la vista de los ocupantes de aquel coche, si bien se había visto obligada de nuevo a arrastrarse por el barro. De nuevo la mugre, la sangre acumulada en su garganta. De nuevo arrastrándose por lo más bajo para intentar sacar la cabeza de una vez por todas del laberinto de su propia existencia.
Metió justo aquella piedra envuelta en el momento en el que el coche parecía ponerse en marcha apenas con un susurro.
Fue el momento justo. Aquella máquina no arrancaba. Se caló mientras los gases se acumulaban en el interior de aquellos engranajes que la Caitiff no comprendía. Se alejó instintivamente por si aquello derivaba en algo mucho más explosivo, químico y ardiente.
Al cabo de unos segundos, pudo ver cómo la conductora gesticulaba hacia el hombre que estaba en el asiento del copiloto mientras el coche seguía emitiendo una especie de quejido ahogado constante. El hombre se desabrochó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y se dirigió hacia la parte trasera del vehículo con una mano cuidadosamente cerca del interior de su chaqueta.
Pagliacci pudo verle el rostro al tiempo que comprobaba su elegante traje que contrastaba de manera abrupta con todo el escenario que había alrededor.
Si tuviera un corazón capaz de latir, el de la Caitiff hubiera dado un vuelco. Aquel tipo... olfatea el aire. Literalmente. Como una especie de ser
no humano. Se agacha en dirección al tubo de escape, a punto de descubrir lo sucedido...
OFF: Nyx Ansia 4 + 5 Niveles de Salud superficiales (5/5). Impedido (-2 Dados a todas las acciones). Tirada de Frenesí de Furia a dificultad 3 (con -4 dados por la Severidad de la Prohibición sumados al Impedimento. Recuerda que aquí no cuentan los dados de Ansia). Puedes gastar 1 punto de FV para evitar el efecto del Impedimento en el turno y tirar solo con -2 dados por la Severidad.
Pagliacci, Ansia 3, 1 daño superficial FV
Montecristo, Ansia 2. Tirada de Frenesí de Furia a dificultad 2 + otra de Resistencia + Ocultismo (aquí da igual la dificultad, es una enfrentada)