4 de agosto de 2025. La noche cae sobre Lisboa con esa melancolía dulce que sólo esta ciudad conoce. Las luces amarillas se derraman por las fachadas desconchadas, los tranvías chirrían como recuerdos viejos, y el Tajo respira al fondo como una bestia inmensa y paciente. En una calle discreta, lejos del bullicio del Bairro Alto pero lo bastante céntrica como para no parecer sospechosa, se alza un edificio antiguo de azulejos desgastados. Tercer piso. Sin ascensor. Sin ostentación. Allí vive ella, Sandra, Sire y Mentora. El refugio no es lujoso. Es… correcto. Modesto, para los mortales seguramente anticuado. El parquet cruje todavía con dignidad, hay cortinas de encaje amarillento, lámparas de pantalla de tela, una mesa baja con patas torneadas y, por todas partes, libros. Libros antiguos, encuadernados en cuero, revistas académicas subrayadas, papeles doblados con notas escritas a pluma. Ella está sentada en una chaise longue junto a la ventana cerrada. Un camisón de seda color marfil cae sobre su figura con una elegancia que no es provocativa, sino aristocrática. Su cabello oscuro, perfectamente cepillado, descansa sobre sus hombros. Sus movimientos son lentos, calculados, nada en ella parece casual. No levanta la mirada cuando Vincenzo entra.
—Has tardado.— dice, con voz serena, casi aburrida. Pasa una página. — Pasa y cierra la puerta. Aquí todavía creemos en la intimidad. — El silencio se espesa pero finalmente alza los ojos hacia él. Sus pupilas no reflejan luz alguna. — ¿Sabes lo que estoy leyendo? — Sostiene un libro de cubierta discreta. Título en portugués, pero con un pequeño subtítulo en sueco. — La familia del futuro. — Lo deja sobre la mesa. — Un ensayo basado en lo que llaman la teoría sueca del amor.— Una leve sonrisa, casi invisible. — Una idea fascinante: el amor verdadero sólo puede existir entre individuos completamente independientes. Sin necesidad. Sin dependencia. Sin deuda emocional.— Cruza las piernas con lentitud. — En Suecia diseñaron su Estado del bienestar para liberar al individuo de la familia, del matrimonio por supervivencia, de la obligación económica. El ideal: seres humanos autónomos, autosuficientes… capaces de amar sin cadenas.— Sus dedos acarician ahora delicadamente otra revista. — Y, sin embargo… la paradoja del bienestar.— Inclina la cabeza. — Nunca han estado tan protegidos. Nunca han estado tan solos. — Se levanta y camina descalza por el salón, la seda de su camisón roza el suelo de madera. — La vida, Vincenzo, implica retos. Problemas. Conflicto. Fricción.— Sandra se detiene frente a él.— Cuando eliminas el sufrimiento, eliminas también el propósito. Cuando eliminas la necesidad… eliminas el vínculo.— Su mirada se endurece ligeramente.—Nosotros eso lo sabemos mejor que nadie. — Silencio. — La eternidad no es cómoda. Es exigente. Es política. Es guerra silenciosa. — La vampiresa se acerca a un pequeño escritorio antiguo y toma una carpeta. — En el barrio de Arroios hay una asociación cultural. Charlas sobre modelos familiares alternativos. Debates sobre independencia afectiva. Talleres sobre comunidades autosuficientes. — Sonríe apenas. — Idealistas. Intelectuales. Humanos que creen estar reinventando el mundo.— Le tiende la carpeta a su chiqullo.— Ese local me pertenece… en potencia. Su contrato termina pronto. Necesito que desaparezcan. De manera elegante. Sin violencia innecesaria. Sin escándalo. — Sus ojos atraviesan ahora a Vincenzo. — Convéncelos de cerrar. Divide su junta. Encuentra sus contradicciones. Si es preciso, susurra en las orejas correctas. La independencia absoluta es un mito… y tú vas a demostrarlo. — Se acerca lo suficiente como para que Vincenzo sienta el frío de su no-aliento. — Un Ventrue no conquista con colmillos. Conquista con estructura. Con necesidad. Con dependencia bien administrada. — La vampiresa hace una pequeña pausa. — Haz que se desmoronen por sí mismos. Que su utopía se fracture. Y cuando el último apague la luz… el edificio será mío. — Se aleja con elegancia, retomando su asiento y vuelve a abrir el libro. — Ah, Vincenzo.— dijo sin mirar a su chiquillo- — Recuerda algo más. Los humanos temen la soledad… pero también temen necesitar. Juega con esa tensión. Es la cuerda más fina del alma moderna. —Pasa otra página, despreocupada.— Haz que me sienta orgullosa. — La lámpara parpadea suavemente. La noche apenas ha comenzado y puede oírse a través de la fachada que las calles de Lisboa siguen respirando.
Nota: -1 a tu reserva de sangre por comenzar la noche.
Prólogo de Vincenzo.
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Vincenzo (Senshishiroi)
Estudiante
Re: Prólogo de Vincenzo.
Vincenzo sube las escaleras a paso ligero. Se había entretenido más de la cuenta, pero todavía no se acostumbraba a moverse de esa forma en el ambiente nocturno de Lisboa. Iba siempre alerta, siempre con la guardia alta.
Él sentía como si su propia existencia fuera un crimen, como si alguien fuera a atacarle solo por existir. Llega hasta la puerta de su nuevo “refugio”, respira hondo por inercia, y abre.
“Llegas tarde” Apenas llega a abrir la boca para disculparse cuando Sandra le ordena cerrar.
– Si, mi señora.
Avanza unos pasos, sin valor suficiente para sentarse en presencia de su Sire, cuando ésta empieza su monólogo. En su vida anterior, estaría seguramente burlándose de alguien así, pero con Sandra era diferente. No eran desvaríos de una anciana, era la reflexión profunda de alguien que ha visto y vivido cosas que muchos otros apenas leen en novelas. Eso sin contar la potente presencia de la vampiresa.
Su mente se ha unido a la diatriba de Sandra, así que tiene que concentrarse de nuevo cuando la Sire le encomienda su primera misión oficial, y no parece moco de pavo.
“Haz que me sienta orgullosa”
- Por supuesto – Dice Vincenzo haciendo una reverencia, sin tener muy claro si es lo correcto para la situación.
Se palpa el bolsillo asegurándose que el smartphone sigue ahí y sin mediar más palabra vuelve a la calle.
Arroio queda a una media hora a pie, así que se dirige en esa dirección de forma general, mientras con el smartphone aprovecha para buscar información sobre el sitio. Seguramente a estas horas esté cerrado, pero quiere conocer los alrededores, ver qué clase de gente vive por el barrio, qué actividad se mueve en sus noches… Y mientras tanto usa las redes sociales con el teléfono para buscar por Facebook, linkedin e Instagram gente relacionada con la asociación.
Él sentía como si su propia existencia fuera un crimen, como si alguien fuera a atacarle solo por existir. Llega hasta la puerta de su nuevo “refugio”, respira hondo por inercia, y abre.
“Llegas tarde” Apenas llega a abrir la boca para disculparse cuando Sandra le ordena cerrar.
– Si, mi señora.
Avanza unos pasos, sin valor suficiente para sentarse en presencia de su Sire, cuando ésta empieza su monólogo. En su vida anterior, estaría seguramente burlándose de alguien así, pero con Sandra era diferente. No eran desvaríos de una anciana, era la reflexión profunda de alguien que ha visto y vivido cosas que muchos otros apenas leen en novelas. Eso sin contar la potente presencia de la vampiresa.
Su mente se ha unido a la diatriba de Sandra, así que tiene que concentrarse de nuevo cuando la Sire le encomienda su primera misión oficial, y no parece moco de pavo.
“Haz que me sienta orgullosa”
- Por supuesto – Dice Vincenzo haciendo una reverencia, sin tener muy claro si es lo correcto para la situación.
Se palpa el bolsillo asegurándose que el smartphone sigue ahí y sin mediar más palabra vuelve a la calle.
Arroio queda a una media hora a pie, así que se dirige en esa dirección de forma general, mientras con el smartphone aprovecha para buscar información sobre el sitio. Seguramente a estas horas esté cerrado, pero quiere conocer los alrededores, ver qué clase de gente vive por el barrio, qué actividad se mueve en sus noches… Y mientras tanto usa las redes sociales con el teléfono para buscar por Facebook, linkedin e Instagram gente relacionada con la asociación.


