Prólogo de Carolina.

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Tino
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Prólogo de Carolina.

#1

Mensaje por Tino » 06 Mar 2026, 06:39

La humedad de Lisboa se filtraba incluso bajo tierra. La pequeña comisaría subterránea situada en la planta inferior de la estación de autobuses de la capital parecía más un sótano improvisado que un lugar donde alguien pudiera esperar justicia. El techo era bajo, cubierto por tubos metálicos y cables viejos que vibraban suavemente con el paso del metro en algún punto lejano. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido constante que terminaba por meterse en la cabeza como una mosca persistente. El aire estaba cargado con el olor de mantas viejas, café recalentado y el cansancio de demasiadas personas esperando demasiado tiempo. En un banco metálico, un hombre español de unos cuarenta años, de rostro todavía juvenil pese a las ojeras profundas, trataba de explicarse por cuarta o quinta vez. —Mire… yo solo quiero recuperar mi equipaje… — decía, hablando despacio, como si cada palabra fuera un objeto frágil—. Perdí la maleta en el autobús… tres días… llevo tres días aquí esperando… El policía portugués al otro lado de la puerta ni siquiera levantaba la mirada del móvil. Tenía ese gesto administrativo que no es exactamente hostil, pero tampoco humano. Ni un gesto de trámite. Ninguna intención de hacer un formulario. —Sim… sim… —murmuró sin escuchar realmente—. Tem de esperar.

El español respiró hondo. —Pero es que ya he esperado… no tengo ropa, no tengo dinero… nadie me dice nada…

El policía suspiró con visible fastidio, como si el problema no fuera la pérdida de una vida temporalmente suspendida, sino la insistencia del hombre. Se reclinó sobre la puerta con un gesto aburrido. —Não podemos fazer nada agora. — Se encogió de hombros—. Pode dormir ali. Señaló con la barbilla hacia el fondo de la sala. Allí, en la penumbra del sótano, varias figuras dormían o fingían dormir bajo mantas cutres. Algunas estaban enrolladas como capullos en bancos, otras directamente en el suelo de cemento. Personas que habían dejado de esperar algo concreto, personas que simplemente estaban. El español miró aquella escena con incredulidad. —¿Dormir… ahí? El policía volvió a su pantalla. —Sim. Aquella respuesta, seca y definitiva, fue como una puerta cerrándose. Algo en el rostro del español cambió. Una mezcla de agotamiento y dignidad herida. —Pero eso no es una solución — dijo, levantando un poco la voz—. Yo no soy un mendigo, solo quiero que alguien me diga qué está pasando con mi maleta. Ese fue el momento en que apareció el guardia de seguridad de la estación. Había estado apoyado cerca de la entrada, observando sin intervenir. Grande, de raza negra, uniforme negro, manos cruzadas sobre el cinturón. Caminó hasta el español con pasos pesados. —Calma — dijo en un castellano áspero. Pero su manera de decirlo no invitaba a la calma. El español se volvió hacia él, todavía intentando defender su punto. —Solo estoy pidiendo ayuda… El empujón llegó rápido. No brutal, pero suficiente para hacerlo tropezar contra el banco metálico. —Já acabou —dijo el guardia. Cuando el español intentó levantarse y seguir protestando, el segundo golpe fue más claro. Un manotazo en el pecho que lo devolvió al asiento con un ruido seco de metal. El hombre se quedó quieto unos segundos. No por miedo. Por agotamiento. Tres días sin dormir bien, tres días sintiéndose invisible, tres días de oficinas, ventanillas y miradas vacías. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de que pudiera evitarlo. No era rabia. Era algo peor. La sensación de haber dejado de existir para el sistema. En el fondo del sótano, algunos de los que dormían empezaron a mirar la escena.

Un pequeño grupo de hombres africanos que compartían mantas y una bolsa de plástico con comida observaban con curiosidad. Uno de ellos se levantó. Se acercó con una sonrisa que no era exactamente cruel, pero tampoco amable. —Eh, hermano… —dijo en un español rudimentario—. No llores así. Otro rió por lo bajo. —En Lisboa tienes que ser fuerte.

Uno de ellos, con una pequeña biblia gastada en el bolsillo del abrigo, empezó a hablarle con tono casi paternal. —Dios tiene un plan para ti, amigo. Si aceptas a Cristo… todo cambia. El español los miró con los ojos húmedos, demasiado cansado para discutir.

—No necesito religión… necesito mi maleta… Pero ellos insistían, casi divertidos por su torpeza emocional. —Primero modales —dijo uno, medio en broma—. No gritar a policía. —Sí… humildad. Dios mira eso.

—Ven con nosotros el domingo… iglesia evangélica… música… comida… El español solo se cubrió la cara con las manos. Las risas suaves continuaron un momento más antes de que el grupo regresara a su rincón de mantas. Y todo volvió a ese silencio húmedo de sótano olvidado.

Desde la sombra del enorme pasillo de la planta del sótano de la estación, alguien había observado toda la escena. Carolina. La vampiresa Brujah permanecía apoyada contra la pared, inmóvil, con los brazos cruzados. Sus ojos no estaban en el hombre que lloraba. Ni en el policía. Ni en los predicadores improvisados. Miraba algo más profundo. Algo detrás de la escena. Durante un instante, el tiempo pareció doblarse. Las luces fluorescentes del sótano se transformaron en bombillas amarillas de otra época. Las voces se volvieron ecos distantes. Y en su mente apareció un recuerdo que no era exactamente suyo. Uniformes antiguos, despachos grises, personas esperando permisos, respuestas, favores. Hombres cansados siendo ignorados por funcionarios que representaban algo más grande que ellos. El peso de un Estado frío. El mismo gesto burocrático. La misma indiferencia. Un eco del viejo régimen de Estado Novo.

Carolina entrecerró los ojos. A su mente, después de aquel flashback, vino la idea de que los regímenes no desaparecen. Solo cambian de iluminación.

Annwn
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Re: Prólogo de Carolina.

#2

Mensaje por Annwn » 06 Mar 2026, 17:29

Carolina se pasó los dedos por el ceño, intentando apartar aquellos pensamientos intrusivos. El gesto fue breve, casi mecánico, y un murmullo escapó de sus labios. —Maldita sea. La indiferencia con la que actuaban las autoridades —cuyo deber, en teoría, era mantener el orden y ayudar a sus ciudadanos— parecía inmutable. Regímenes, banderas, discursos… todo cambiaba. Pero no aquello. Ese desinterés permanecía igual: un patrón constante y frío que sobrevivía al paso del tiempo. La escena que acababa de presenciar le recordó muchas otras similares: oficinas grises, colas interminables, personas agotadas esperando respuestas que nunca llegaban; tragedias que pudieron haber sido evitadas. Décadas de indiferencia repetida, en ciudades y gobiernos distintos, pero siempre con el mismo gesto burocrático al otro lado de la ventanilla. Tener una memoria excepcional también tenía sus desventajas. Incluso si eran incapaces de recuperar la maleta de aquel hombre, podrían haberle indicado la embajada española. Un gesto sencillo. Un camino claro. Algo que le permitiera salir de aquel sótano húmedo y regresar a su país sin más problemas. Pero la burocracia rara vez se movía por compasión. Carolina suspiró en silencio. No estaba allí para reprender a aquellos hombres ni para impartir justicia. Había venido por otro motivo. Y, como si le hubieran leído la mente, escuchó que la llamaban: ya era su turno, ¿por cuánto tiempo se había quedado ensimismada en sus propios pensamientos? Quería terminar cuanto antes para salir de aquel lugar aburrido y continuar con su noche. Las luces fluorescentes reflejaban un halo frío en su piel pálida. Carolina dio un paso hacia la ventanilla, dejando que aquella escena desapareciera detrás de ella. La noche esperaba. Y con ella, sus propios planes. Ahora solo importaba una cosa: entrar, terminar y salir.

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